martes, 12 de marzo de 2013

Y que viva la metafísica!

Estoy leyendo un libro de metafísica de un señor que se llama algo así como Ferdinand von Strujenbaleeyonelehfosadsnfakrgjklmussen. El punto del caso (o el caso del punto) es que entiendo más o menos lo mismo la metafísica que el apellido. Obviamente es culpa mía, por maleducar mi intelecto a la medida de la basura light que publica el Comercio y dejar que la búsqueda de la verdad se me reduzca a encontrar la información básica para desmentir las mentiras del momento que anden divulgando los enemigos de la Iglesia.
A lo que voy (o a lo que vengo), es a que me parece que no podemos dejar de darnos cuenta de que la batalla que estamos librando no puede entenderse (no podemos dejar que se entienda) únicamente desde los puntos puntuales de puntualización, como por ejemplo el aborto, que es el más típico. Ni siquiera podemos dejar que la discusión se reduzca al tema grande, llámese ideología de género o relativismo moral, o lo que sea. Me parece que, al ser la pelea por establecer la verdadera dimensión de la naturaleza humana (como lo vislumbró Benedicto XVI y el genial Chesterton antes que él), sería un error dejarnos arrastrar por lo urgente y dejar de lado lo importante.
Entíendase bien: la lucha por la vida de los no nacidos, y por la defensa de la familia natural, y etc etc ha de llevarse ha cabo hasta en la más pequeña de las trincheras. Pero creo firmemente que, siendo el diablo astuto como es, quiere que peleemos como niños por el destino del mundo y las almas, en lugar de luchar como hombres por el destino del mundo y las almas. Porque mientras los niños pelean, los grandes hacen lo que les da la gana.
No sé, honestamente, como explicarme. La idea es que, en resumidas cuentas, no sólo tenemos que buscar defender la verdad, sino que tenemos que redescubrir esa verdad en cuanto a que nuestra capacidad cada vez está más disminuida. Nuestro esfuerzo es cada vez menor, porque cada vez es más fácil encontrar las respuestas en Google, enlatadas y simplificadas para el simplón, y se nos hace más difícil hacer el esfuerzo por prender el cerebro (y el corazón) y comenzar a generar pensamiento real, sustancioso. Intentamos condensar el pensamiento de Tomás de Aquino, por ejemplo, pero no somos capaces de explicarnos el razonamiento metafísico primordial que hay atrás. Y si bien lo hacemos con la mejor de las intenciones, lo único que conseguimos en encerrarnos en una lucha bilateral de argumentos sólidos en si mismos, pero cuya composición sólo conocemos superficialmente. Y la discusión, el diálogo, se estanca. Y lo que es peor, vivimos nuestras vidas como personajes de televisión: en dos dimensiones (o en una falsa tercera dimensión, entretenida pero engaño al fin). Porque el que se deja reducir, la mayoría de las veces a lo meramente físico o sentimental, se convierte en el clásico y afamado "sorbete": plástico por afuera y vacío por adentro. (El término "sorbete" se usaba en mis tiempos para referirse sobre todo a los estudiantes del Americano y del Menor, pero yo creo que ahora aplica a toda la gente, la humanidad!!!).
Lo que quiero decir es que incluso asumiendo un compromiso real y serio con un ideal, el mundo nos ha hecho creer que el ideal se reduce a su cáscara. Entonces yo dejo de ir más allá no porque no quiera ir más allá, sino porque me han hecho creer que ese más allá (intelectual, profesional, social, ESPIRITUAL, etc) no existe. Consumimos música de última, literatura de última, y con poquísimas excepciones (que a mi gusto se ven sobre todo en la fantasía épica y de superhéroes, por su natural relación con los valores trascendentes), televisión y cine de última. No hay que ser un genio para darse cuenta de que todo lo que produce Pitbull es un asco. Porque incluso cuando técnicamente puede ser correcto, no tiene ALMA. El Rock, filosóficamente erróneo, tenía alma. El Merengue, muchas veces ligero, tenía alma. 
Ese consumir basura se traduce en conversaciones basura, en relaciones basura. En idolatrar lo que en el éxito deportivo nos recuerda inconscientemente a eso que el alma nos pide. A confundir el éxito económico con la realización personal. A, por alguna razón, vivir en un feísmo absoluto porque nos han hecho creer que lo bello es malo, o pasado de moda (da la casualidad que por lo general lo bello va de la mano con lo bueno y lo verdadero, ¿por qué será que nos venden lo feo?), y si no, vean como se visten Lady Gaga y Justin Bieber. 
La cosa, además avanza rápido. Si no me creen basta ver, por ejemplo, la "evolución" de ciertos artistas populares. Sin ser su fan (ni de lejos), puedo decir que Shakira fue de una compositora interesante y con bastante honestidad a ser una pseudo reggaetonera más. Se vendió al sistema (me encanta decir eso jejeje).
Me estoy saliendo del tema, creo que porque tengo sueño y me falta azúcar en la sangre, pero el caso es que tenemos que volver a la metafísica. No (sólo) por la metafísica en si misma, sino porque ella nos recuerda que el hombre es capaz de iluminar el mundo yendo más allá. Viendo más allá de lo evidente (como la espada del Augurio de los Thundercats), exigiendo de nosotros mismos, y de aquellos a los que les cedemos poder, un servicio más real, más completo. Más humano.
La cosa es que eso es lo que me anda preocupando. Si alguno de ustedes lo puede articular de mejor manera, bienvenido. Ahora, lo que no debe quedar sin decir, es que quienes verdaderamente viven plenamente su humanidad, sin dejar que el mundo se la reduzca a ser cáscaras vacías o sorbetes por lo que pasa la moda, son los que se abren a la trascendencia. Son los Santos. Porque el Santo (decía el Prefecto de la Congregación para las causas de los Santos) es el hombre y la mujer que vive su humanidad plenamente, en libertad. Y por eso el santo metafísico es el mejor metafísico que puede ser, pero también el santo matemático es el mejor matemático que puede ser, y el santo microbiólogo es el mejor microbiólogo que puede ser. Porque le ha dado la espalda al mundo, ha puesto la mano en el arado y se ha dado cuenta de que el campo sólo tiene límites si se mira para atrás.
TOTUS TUUS.