sábado, 1 de octubre de 2016

Te vas a sentir ofendido, no digas que no te avisé.

Hoooooooola mis longos! 
Hoy nada más quiero hacer una reflexión rápida sobre el mundo enfermo en el que vivimos.

En el Ecuador, una sarta de pillos sin conciencia (porque para ser de izquierda parece que la condición primordial es no tener conciencia) Se reagrupan diciendo que la revolución ciudadana no fue una verdadera expresión de la izquierda, y se proponen dividir a la oposición, seguramente para agarrarse un puestito en la asamblea o en algún ministerio si la cosa así lo permite. Y los ecuatorianos "de izquierda" consideran seriamente votar por Paco Moncayo y sus Arrepentidos del Correísmo, porque la otra condición para ser de izquierda es ser imbécil. 

En el mundo, el Abdalá de los gringos se enfrenta a la Correa de los gringos, el uno hablando estupideces y la otra mintiendo con la sonrisa en la boca. Y por todo lado los progresistas latinoamericanos que han vivido en Europa un año apoyan el progresismo estatista de la arpía esa, simplemente porque representa la amoralidad que a ellos les permite disfrutar de sus vidas sin regresar a ver ni al otro ni a Dios. No digo que deberían apoyar al demente ese. Digo que deberían tener la decencia de dejar de creer en todos esos monstruos amorales que son los políticos de todo el mundo.

En tercera instancia, me parece relevante mencionar que el Ecuador ya no tiene salida. Peor con una élite cuya única preocupación con los rumbos del país es cuando tiene que ver con su bolsillo. 

Una cosa parece clara: la gente decente va a comenzar a rebelarse contra la dictadura del género y el relativismo. Una cosa es que cada cual haga de su trasero un candelero y otra es que nos obliguen, so pena de irnos presos si no, a enseñar a nuestros hijos que hacer de su trasero un candelero es igual de bueno que cualquier otra cosa. Lo triste es que el vehículo de la estupidez son ustedes, las clases privilegiadas que maman la irracionalidad de la progresía, desde Frida Kahlo (Khalo? Kalho?) hasta el arte conceptual.
Sí, ustedes. Drogadictos degenerados. 
(Sí, yo sé que yo soy una basura y nadie me quiere. Pero tengo razón.)

Por último, ¿sí se han enterado de que en los países europeos que recibieron a todos esos refugiados sirios a cada rato hay violaciones grupales, asaltos y violencia islamista? ¿No?
Porque los medios no van a decir pío contra los musulmanes. ¿Por qué? Se los dejo de deber. Pero les propongo una reflexión: el entorno de libertad para que ustedes sean drogadictos degenerados nace del cristianismo. Les parecerá paradójico, pero porque son ignorantes. Y ahora quieren quedarse con todos los frutos del cristianismo arrancando el árbol. Buena suerte.

Saludos en casa.

miércoles, 6 de abril de 2016

En la penumbra de la hora que precede al amanecer pueden ser apreciadas muchas cosas, como el verdadero silencio de mundo que descansa o la compañía de un café y un tabaco antes de empezar el trabajo en el campo. 

El paseante no disfrutaba ni de la una ni de la otra. Hace rato que había dejado el café y el tabaco, porque vivía en sociedad y en sociedad es ya inaceptable envenenarse el cuerpo (como es también inaceptable no envenenarse el alma), y el silencio se desvanecía en el ir y venir de su propia respiración. El frío intenso, propio de las madrugadas sin nubes, convertía esa respiración en vapor, como cuando de niño esperaba el bus del colegio, convencido de que era un dragón. 

En la oscuridad de los minutos antes del alba hay muchas cosas que pueden verse mucho más claras. Era entonces que la mente desocupada del paseante era asaltada por esas incertidumbres malosas que rondan siempre al inteligente, esperando que el trabajo y el ocio dejen una almena sin defender: la posibilidad de la enfermedad y la muerte, el inevitable estancamiento profesional, el sentir que pasan los días y no dejan nada, y la sombra de la soledad. 

Hay gente que se pasea por todo el mundo con la única intención (parecería) de subir fotos al Facebook. Hay gente que se embrutece todos los fines de semana con la sola finalidad (parecería) de reírse con el recuerdo de lo que no se acuerda. Hay gente que se gasta medio sueldo en una cena con la exclusiva finalidad (parecería) de tener algo que no tienen todos. Y hay gente que no encuentra solaz en ninguna de estas cosas pero quisiera envidiar a quienes (parecería) sí lo encuentran. 

El paseante se concentró en su respiración. El letargo de sus músculos poco a poco daba paso a una sensación de alivio, como las montañas poco a poco iban cediendo ante el sol. Los primeros rayos golpearon su cara y lo cegaron, y algo de calor le invadió el cuerpo. Y por un segundo se acurrucó en el dulce placer de la certeza. 

Había vencido. Pasó por un quiosco, se sentó en un café, pidió un expreso doble y se prendió un tabaco. Hay victorias que bien valen otras derrotas. Y él, aunque no sin cicatrices, había vencido a la penumbra.