En la penumbra de la hora que precede al amanecer pueden ser apreciadas muchas cosas, como el verdadero silencio de mundo que descansa o la compañía de un café y un tabaco antes de empezar el trabajo en el campo.
El paseante no disfrutaba ni de la una ni de la otra. Hace rato que había dejado el café y el tabaco, porque vivía en sociedad y en sociedad es ya inaceptable envenenarse el cuerpo (como es también inaceptable no envenenarse el alma), y el silencio se desvanecía en el ir y venir de su propia respiración. El frío intenso, propio de las madrugadas sin nubes, convertía esa respiración en vapor, como cuando de niño esperaba el bus del colegio, convencido de que era un dragón.
En la oscuridad de los minutos antes del alba hay muchas cosas que pueden verse mucho más claras. Era entonces que la mente desocupada del paseante era asaltada por esas incertidumbres malosas que rondan siempre al inteligente, esperando que el trabajo y el ocio dejen una almena sin defender: la posibilidad de la enfermedad y la muerte, el inevitable estancamiento profesional, el sentir que pasan los días y no dejan nada, y la sombra de la soledad.
Hay gente que se pasea por todo el mundo con la única intención (parecería) de subir fotos al Facebook. Hay gente que se embrutece todos los fines de semana con la sola finalidad (parecería) de reírse con el recuerdo de lo que no se acuerda. Hay gente que se gasta medio sueldo en una cena con la exclusiva finalidad (parecería) de tener algo que no tienen todos. Y hay gente que no encuentra solaz en ninguna de estas cosas pero quisiera envidiar a quienes (parecería) sí lo encuentran.
El paseante se concentró en su respiración. El letargo de sus músculos poco a poco daba paso a una sensación de alivio, como las montañas poco a poco iban cediendo ante el sol. Los primeros rayos golpearon su cara y lo cegaron, y algo de calor le invadió el cuerpo. Y por un segundo se acurrucó en el dulce placer de la certeza.
Había vencido. Pasó por un quiosco, se sentó en un café, pidió un expreso doble y se prendió un tabaco. Hay victorias que bien valen otras derrotas. Y él, aunque no sin cicatrices, había vencido a la penumbra.
El paseante no disfrutaba ni de la una ni de la otra. Hace rato que había dejado el café y el tabaco, porque vivía en sociedad y en sociedad es ya inaceptable envenenarse el cuerpo (como es también inaceptable no envenenarse el alma), y el silencio se desvanecía en el ir y venir de su propia respiración. El frío intenso, propio de las madrugadas sin nubes, convertía esa respiración en vapor, como cuando de niño esperaba el bus del colegio, convencido de que era un dragón.
En la oscuridad de los minutos antes del alba hay muchas cosas que pueden verse mucho más claras. Era entonces que la mente desocupada del paseante era asaltada por esas incertidumbres malosas que rondan siempre al inteligente, esperando que el trabajo y el ocio dejen una almena sin defender: la posibilidad de la enfermedad y la muerte, el inevitable estancamiento profesional, el sentir que pasan los días y no dejan nada, y la sombra de la soledad.
Hay gente que se pasea por todo el mundo con la única intención (parecería) de subir fotos al Facebook. Hay gente que se embrutece todos los fines de semana con la sola finalidad (parecería) de reírse con el recuerdo de lo que no se acuerda. Hay gente que se gasta medio sueldo en una cena con la exclusiva finalidad (parecería) de tener algo que no tienen todos. Y hay gente que no encuentra solaz en ninguna de estas cosas pero quisiera envidiar a quienes (parecería) sí lo encuentran.
El paseante se concentró en su respiración. El letargo de sus músculos poco a poco daba paso a una sensación de alivio, como las montañas poco a poco iban cediendo ante el sol. Los primeros rayos golpearon su cara y lo cegaron, y algo de calor le invadió el cuerpo. Y por un segundo se acurrucó en el dulce placer de la certeza.
Había vencido. Pasó por un quiosco, se sentó en un café, pidió un expreso doble y se prendió un tabaco. Hay victorias que bien valen otras derrotas. Y él, aunque no sin cicatrices, había vencido a la penumbra.