No es nueva en mi vida la sensación de no pertenecer a nada, de ser un "misfit". Como cuando eres un chico decente de ir a los toros y camisetas Ralph Lauren y acabas en un concierto de la Papaya Dada, o el artista plástico vegano que se despierta de un trip en una subasta de caballos árabes en El Condado (aunque cuando este es el caso parece haber intención de parte del papayero, porque se da cuenta de que está alcanzando su meta de ser "diferente").
Dada situación implica riesgos patentes de parte y parte: puedes creerte el bastión de decencia en un maremágnum de depravación y comunismo o considerarte el honesto transgresor en un ciclo sin fin de mojigatería y explotación (*nota del autor: no sé si mojigatería es una palabra o debe decirse mojigatez, mojiguismo, mojigacia. Seguro algún activista de Yale puede basar su tesis de PhD en la importancia de la etimología y la consonancia social de cada palabra desde un enfoque de género, favor atender, si no está muy ocupado haciendo candados). Pero en ambos casos hay una sensación de pez fuera del agua porque tienes una certeza de que hay unas aguas a las cuales volver.
Parece ser que ahora las dos cosas (los niños bien y los niños mal) se han mezclado, como cuando se te riega el jugo en la sopa, en consonancia con ese espíritu indecente de sincretismo que nos abruma. Ahora parece ser que para la clase media alta occidental lo único enfermizo y reprochable es la convicción.
Decía Chesterton (y voy a parafrasear, vayan con sus normas APA APAsearse) que el buen soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que deja atrás. Y yo añado (porque así de osado soy) que justo el problema es que lo único que amamos hoy es a nosotros mismos, y por ende a cualquier guerra no nos impulsa más que el odio a todo aquello que amenace esa imagen romántica de lo que somos y lo que creemos merecer. No hay aguas a las cuales volver porque nunca te sales de tus aguas, tibias y calmadas.
Tengo la esperanza de que el ser un misfit sea señal de que mi alma grita que no somos peces de aguas calmas, tibias. Y mientras me voy quedando sin amigos y mi lengua se va quedando sin filtros asumo que, si bien parte de eso será porque soy un tipo bien despreciable, al que le cuesta suavizar sus palabras y acciones (por miedo a que no se le entienda), al menos una parte será porque no mismo me logro acomodar. Porque aunque yo tampoco (por cobarde) me alzo con las armas de la caridad y la paciencia, sí creo en la caridad y la paciencia (con las personas, jamás con las ideas). Porque la otra opción es que sea solo sociópata o de plano muy amargado.
O capaz es porque siempre tengo hambre. Y no de gloria; de grasas saturadas y azúcares refinados. Ve tú a saber.
Saludos en casa.
Dada situación implica riesgos patentes de parte y parte: puedes creerte el bastión de decencia en un maremágnum de depravación y comunismo o considerarte el honesto transgresor en un ciclo sin fin de mojigatería y explotación (*nota del autor: no sé si mojigatería es una palabra o debe decirse mojigatez, mojiguismo, mojigacia. Seguro algún activista de Yale puede basar su tesis de PhD en la importancia de la etimología y la consonancia social de cada palabra desde un enfoque de género, favor atender, si no está muy ocupado haciendo candados). Pero en ambos casos hay una sensación de pez fuera del agua porque tienes una certeza de que hay unas aguas a las cuales volver.
Parece ser que ahora las dos cosas (los niños bien y los niños mal) se han mezclado, como cuando se te riega el jugo en la sopa, en consonancia con ese espíritu indecente de sincretismo que nos abruma. Ahora parece ser que para la clase media alta occidental lo único enfermizo y reprochable es la convicción.
Decía Chesterton (y voy a parafrasear, vayan con sus normas APA APAsearse) que el buen soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que deja atrás. Y yo añado (porque así de osado soy) que justo el problema es que lo único que amamos hoy es a nosotros mismos, y por ende a cualquier guerra no nos impulsa más que el odio a todo aquello que amenace esa imagen romántica de lo que somos y lo que creemos merecer. No hay aguas a las cuales volver porque nunca te sales de tus aguas, tibias y calmadas.
Tengo la esperanza de que el ser un misfit sea señal de que mi alma grita que no somos peces de aguas calmas, tibias. Y mientras me voy quedando sin amigos y mi lengua se va quedando sin filtros asumo que, si bien parte de eso será porque soy un tipo bien despreciable, al que le cuesta suavizar sus palabras y acciones (por miedo a que no se le entienda), al menos una parte será porque no mismo me logro acomodar. Porque aunque yo tampoco (por cobarde) me alzo con las armas de la caridad y la paciencia, sí creo en la caridad y la paciencia (con las personas, jamás con las ideas). Porque la otra opción es que sea solo sociópata o de plano muy amargado.
O capaz es porque siempre tengo hambre. Y no de gloria; de grasas saturadas y azúcares refinados. Ve tú a saber.
Saludos en casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario