Al parecer, ya no
voy a tener en lo que me queda de vida la oportunidad de besarte, y de sacarte
de ese mundo de mierda, de tu jaula de oro. Seguramente nunca tuve una oportunidad,
y está bien. No guardo resentimiento, pero sí arrepentimiento. Esta es una
oportunidad más para hacer carne ese cliché tan cierto y tan doloroso: lo que
más duele es lo que uno no hizo.
Por muchísimo tiempo
no estuve a la altura. No digo físicamente, intelectualmente o económicamente (aunque
también fuera el caso), sino anímica, espiritualmente. Dejé que mis inseguridades
y mis miedos, el terror a ser rechazado y a fracasar, el miedo a la opinión de
cualquiera fuera de los dos me impidiera sacarme de la duda pronto y con
certeza. Y eso hizo que guardara una esperanza tonta en la parte de atrás del
corazón mientras tú hacías tu vida y yo la mía. Y ahora, que me encuentro a mí mismo en un
camino que disfruto, en un momento en que confío en mí mismo como no lo hacía
tal vez incluso desde antes de conocerte, en que me importa un rábano lo que piensen tus
amigos, los míos, tus parientes y los vecinos, y en que podría enfrentar el
rechazo o el fracaso con verdadera hombría, se hace patente por escrito y
sacramentado que nunca voy a tener esa chance. Y me veo arrancado de la cómoda fantasía
de “algún día intentaré”.
No escribo esto
para ti, lo escribo para mí. Y no quiero que parezca que tengo rencor y que es
algo más importante de lo que es, pues simplemente este momento me ha permitido
enfrentar cosas mías que estaban guardadas desde hace años y de las cuales lo
que he sentido en estos días por que te “pierdo” (aunque nunca te haya tenido)
es más que todo un síntoma. Porque lo que siento (y entiendo) porque tu
desaparezcas es lo que siento y entiendo de muchas otras mujeres y amistades y
trabajos y viajes y conversaciones. Tal vez me animo a escribir esto porque tú
eres emblemática, porque tal vez nunca te quise manipular, porque tal vez nunca
te quise descifrar. Porque quise dejarte como una ilusión limpia, esconder tus
defectos y refugiarme en una ignorancia ilusa. A pesar de todo, quisiera que lo
leas, porque hay cosas que quisiera decirte y que las entiendas dentro de todo
este contexto.
Quiero que seas
feliz. Espero que lo que vas a hacer lo hagas enamorada, ilusionada,
convencida. Sé que es un tipo bueno. Eso ya es bastante. Pero espero además que
te haga reír, que te haga pensar, que te haga sentir segura. No segura
simplemente en una forma económica y física, sino espiritual. Espero que él sea
tu refugio y tu complemento. Y que a la larga, las expectativas que están
implicadas por tu posición social y la suya nunca impidan que seas todo lo que
quieres ser, que sé que es mucho más de lo que te has atrevido a hacer hasta hoy.
Sé que en tu corazón lo importante va mucho más allá de lo material pero no sé
si en tu mundo has podido verdaderamente vivir como ese corazón te dicta. Espero
que él te libere y que no estés conformándote con lo que tienes, porque eso no
sería justo ni para ti ni para él. Como dice la canción, “puedes jurar que al
que te quiere, lo bendigo… quiero que seas feliz…”
He sido siempre
uno de esos débiles que tiende a la oscuridad, y a quien sus ilusiones
ridículas ayudan a mantenerse a flote. Pero ya no más. Aunque no haya sido tu
intención sacarme de esa dinámica con tu decisión, has ayudado sin saberlo, y
te agradezco. Que le entregues tu vida a otro es el último clavo en el ataúd de
quien por demasiado tiempo fui, a quien entierro con un único dolor: no haberlo
matado antes.
Fuiste por casi media
vida el símbolo de mis fracasos. Espero ahora, de esta extraña manera, que seas
símbolo de mis triunfos.
Y que, como
siempre, Dios te bendiga. Les bendiga.
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