martes, 10 de abril de 2012

Sobre la Resurrección

En estos días en que gran parte del mundo cristiano celebra la Resurrección de Jesucristo me parece que vale la pena reflexionar un poco sobre lo que implica para la vida de los que creemos en Él, y un poco para aquellos que tienen una sincera búsqueda de verdad y están abiertos a considerar a Cristo. Sin mucho orden algunas ideas fundamentales para mí:

Antes que nada, la Resurrección es un punto de inflexión para la decisión de seguir a Cristo: si resucitó lo sigo, si no, pues no. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe. Y somos falsos testigos de Dios porque testificamos contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó” (I Cor 15,14s). Más allá de todo lo que hizo antes, de sus milagros y sus prodigios, el vencer a la muerte (y a una muerte indudable, que ante cientos de testigos implicó derramar hasta última gota de sangre) es la señal inequívoca de su unción divina.
Creer en la Resurrección es creer en algo que parece imposible (y como tal, mentira) y suena a fábula. Y es por eso que la fe en Cristo implica aceptar cosas que están más allá de mi capacidad de "procesar". A lo que quiero llegar es que en ocasión de esta fiesta me pongo a pensar en la búsqueda honesta de la verdad objetiva, porque la acción divina nos obliga a entender una cosa: la verdad objetiva (pongamos "Verdad" con mayúscula) es externa a mí; mi existencia o no existencia, mi reflexión sobre la misma o total indiferencia hacia ella, mi conciencia de la posibilidad o mi ignorancia no la modifican: Cristo resucitó o no resucitó- y una de las opciones es verdad independientemente de lo que yo crea o piense- y punto. Esta perogrullada filosófica (el ser y el no ser no pueden ocurrir al mismo tiempo para un x determinado) tiene como fin argumentar que NO SOLO LO QUE ENTIENDO O PUEDO MEDIR PUEDE EXISTIR. Si algo existe, existe más allá de que yo haya inventado un instrumento para detectarlo y medirlo o no (en términos físicos); y la posibilidad misma de que existan cosas NO físicas (espirituales) niega la posibilidad de descartarlas por medios físicos. Esta verdad tan simple es causa de un montón de peleas inútiles. Y extendemos un poquito más allá el concepto: que yo (o el ser humano como especie y civilización) no tenga la capacidad de comprender algo, no significa que no exista. La capacidad intelectual del humano no es la medida de las posibilidades del ser.

Si Cristo resucitó, es porque es Dios o su enviado. Entonces ¿por qué dejó Dios que le maten tan terriblemente? Esta aparente contradicción solo tiene su respuesta en el amor. La fe cristiana se resume en el amor, y aunque no voy a profundizar aquí sobre la doctrina de redención y justificación (en parte porque no acabo de entenderla del todo todavía) la victoria de Cristo sobre la muerte es algo que podemos compartir, si queremos. Pero implica morir primero y por amor. Ahora, como dice Benedicto XVI en Caritas in Veritate, el verdadero amor depende de su unión con la verdad. Que yo crea que haga algo por amor depende en gran medida de que se fundamente en la Verdad, y los actos que se hacen por supuesto amor basados en falsedades derivan en sentimentalismos y egoísmos. Si Dios es Verdad ("Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida") el amor dependerá de su unión al plan de Dios. Por eso, "no es verdadero amor lo que sin Dios se hace".

La fiesta de la Resurrección es la más importante para los cristianos, y sin duda alguna para los que somos católicos. Hemos de entender que es más importante la victoria de Cristo sobre la muerte que su nacimiento, aunque la Navidad sea una fiesta importantísima y con toda razón. El misterio del nacimiento de Cristo (que comienza con la conmemoración de la Encarnación de Jesús en María en la Anunciación el 25 de marzo) conduce siempre a la cruz, y solo en ella encuentra su plenitud. La vida de Cristo en la Tierra es la parte culminante de la historia de la Salvación, y no se puede separar sus partes a conveniencia. Por eso la Iglesia celebra la vida de Cristo a través de todo el año litúrgico, y el católico debe vivir todo el año para poder aprovechar la liturgia en plenitud. A mí me pasó que vivía mi fe por épocas, y ahora que trato de participar de todos los tiempos litúrgicos, me siento mucho más cercano a Cristo y entiendo mucho mejor su mensaje. Es más, me convence más. Por ello es que la crítica a la Iglesia por no flexibilizar más la liturgia corre el riesgo de no entender que, en la fe cristiana, el "cómo" del culto es ESENCIAL al "qué", porque la vivencia de nuestra fe es en cuerpo y alma y debe implicar a la integridad del ser humano (hasta la parte emocional, aunque siempre sometida a la racional). Así el "espíritu" de la doctrina se absorbe correctamente.

Ya me quedé sin cuerda. Bendiciones.

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